¿Cimentar mi felicidad? ¿No sería más bien buscar, encontrar o lograr?
En definitiva, en todos los procesos de coaching que guío, el consultante lo que busca en el fondo es alcanzar la felicidad en su vida.
Los humanos estamos condicionados a la idea de que la felicidad se debe lograr o alcanzar, lo que nos hace estar en constante búsqueda de ella fuera de nosotros.
Vivimos en un sistema en donde se da mucho valor a los triunfos materiales, tales como estatus económico, nivel de estudios, metas y logros profesionales y éxito familiar y social, entre otros, y ello está asociado directamente con el significado de felicidad.
Si bien es cierto que cuando logramos alguna meta u objetivo, experimentamos mucha alegría y satisfacción, no necesariamente quiere decir que ello se traduzca en felicidad como tal.
La felicidad es un estado de dicha y plenitud interna infranqueable, que permite vivir en agradecimiento constante por la vida, gozando de la existencia misma en cada instante.
En definitiva, la felicidad es el estado que todo ser humano anhela, sea consciente de ello o no. Y es que ¿quién no quisiera sentirse bien? ¿A quién no le gustaría poder experimentar un estado de bienestar permanente?
Para Aristóteles[1], la felicidad es el significado y propósito mayor de la vida, la meta y finalidad máxima de la existencia humana; todos basamos nuestra vida y acciones en la búsqueda del estado de felicidad deseado.
Buscamos una relación de pareja amorosa, generamos dinero, tenemos hijos, salimos de viaje, degustamos de una rica cena, todo ello que nos “hace sentirnos felices”, pero estas experiencias resultan ser solo chispas de felicidad que se apagan al cabo de unos días cuando la emoción se diluye. Es así que nos sentimos felices solo por momentos y no de manera permanente.
Si nos quedamos con la idea de que son estas experiencias las generadoras de nuestro estado de felicidad, podemos correr el riesgo de ser esclavos y dependientes de ellas; vivir día a día persiguiéndolas y, a su vez, sufriendo cuando las perdemos, tal como lo expresa Matthieu Ricard[2]: “la búsqueda de paraísos artificiales casi siempre conduce al infierno de la dependencia y a la depresión”.
¿Sabías que, de acuerdo a los resultados de las investigaciones en Psicología Positiva, dirigidos por Sonja Lyubomirsky, Kennon Sheldon y David Schaade[3], el 50% de nuestro nivel básico de felicidad está determinado por nuestra genética y el otro 50% es adquirido? ¿Y que de ese 50% adquirido solo el 10% está determinado por las circunstancias de vida?.
Esto significa que nuestro estado civil, económico, nivel sociocultural, de estudios y lugar de residencia sólo determinan un 10% de nuestro nivel de felicidad. Sorprendente ¿verdad? y entonces, si todo lo externo determina en un mínimo la felicidad, ¿dónde se encuentra? ¿Cómo adquiero el otro 40%?
Para responder a dichas preguntas, es necesario primero conocer el origen del sufrimiento.
Lo que experimentamos al obtener aquello planeado y/o deseado son solo emociones y las emociones así como aparecen, se van.
Las emociones son reacciones que experimentamos en nuestro cuerpo, a partir de la interpretación que hacemos de la experiencia vivida.
Cuando interpretas una experiencia como negativa, experimentarás emociones negativas, tales como el enojo o la tristeza; lo mismo cuando interpretas una experiencia como positiva, experimentarás alegría, euforia, etc. Pero todo ello no son más que emociones.
Como se menciona en los Upanishads: “La felicidad por la razón que sea, no es más que otra forma de sufrimiento”, pues estamos confiando nuestro estado de bienestar en una fuente fuera de nosotros y cuando dicha fuente desaparece, nos causa sufrimiento.
Por el contrario, la felicidad está más asociada a un estado del Ser. Es un estado que no se altera por aquellas emociones que puedas experimentar en el día, independientemente si éstas sean negativas o positivas.
Tiene que ver más con un estado de plenitud y bienestar interior que te permite disfrutar cada experiencia de vida tal cual se presente.
Es un estado que depende completamente de ti; de tus hábitos, de tus pensamientos, palabras y acciones, de tu forma de ver y tomar la vida.
Tú eres el único que tiene el control de lo que sucede dentro de ti, por ende tú tienes el poder de generar ese hermoso estado y adoptarlo como forma de vida. De esta manera, tu felicidad no está condicionada a las experiencias que vivas, no depende de lo que ocurra en el exterior y no eres presa de la condición de vida en la que te encuentres.
Aprendamos a cultivar en nuestro interior ese estado de felicidad permanente para dejar de ser esclavos de las circunstancias y, por el contrario, seamos libres de ser, pues la felicidad se vive no se consume.
Cada uno tenemos nuestra propia guía interior; es ella la que nos conduce por el camino correcto hacia el fomento de la felicidad. Al conectar con ella y escuchar su voz, sabrás por dónde empezar.
Aquí te comparto algunos consejos que te pueden ayudar a construir los cimientos de tu felicidad, así como me han ayudado a mí:
La felicidad es un derecho por nacimiento, el secreto está en tu interior.
Moni Minor es psicóloga educativa, conferencista, autora de libros y artículos que fomentan el bienestar interior, creadora del círculo de aprendizaje www.shama.com.mx. Si quieres saber más de su experiencia y su propio proceso de transformación, puedes adquirir su libro: “Tiempo de Brillar”.
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