La razón principal de las personas que inician algún proceso de terapia psicológica, es la infelicidad; una incapacidad por sentirse bien la gran mayoría del tiempo.
Cuando llegan a consulta, muestran características de ciertos desequilibrios emocionales, tales como estrés crónico, ansiedad, depresión, ira descontrolada, falta de sentido en la vida, o algún otro, mismos que los privan de un estado de plenitud constante, sin saber que todos ellos son solo síntomas del malestar que genera básicamente el miedo.
El miedo es una emoción natural que surge de manera instintiva en nuestro cerebro. Su principal objetivo, es contribuir a preservar la vida.
Cuando una persona se enfrenta a alguna situación que el cerebro interpreta como peligrosa, de manera instantánea se pone en estado de alerta; en ese momento se activan ciertos mecanismos cerebrales, los cuales a su vez, generan una reacción química que produce gran cantidad de adrenalina y cortisol principalmente, preparando al cuerpo para la huida o lucha como mecanismos de supervivencia.
En este sentido, el miedo no es una emoción negativa, pues tiene la función principal de salvaguardar nuestra vida.
El miedo produce ciertas reacciones físicas que ayudan a preparar al cuerpo para protegerse de amenazas o riesgos, tales como rigidez y tensión muscular, aceleramiento del corazón, aumento del ritmo de la respiración, se genera una gran cantidad de adrenalina y cortisol, entre otros. Todo ello con el fin de que podamos estar listos para defendernos.
Hasta aquí todo bien; los problemas empiezan a surgir cuando se experimenta un estado de alerta constante y permanente, pues todas estas reacciones físicas, que de orígen surgen para ayudar en episodios esporádicos, se generan con una periodicidad inusual, trayendo complicaciones en la salud, tanto física como mental.
Para ejemplificar, basta con tomar el caso del cortisol que funciona como antiinflamatorio en circunstancias normales, pero si se experimenta un grado de preocupación y temor sostenido, el cortisol deja de actuar como antiinflamatorio y, por el contrario, el cuerpo empieza a experimentar problemas de inflamación en una o varias partes del cuerpo, desencadenando diversas enfermedades físicas y psicológicas, debido al desorden hormonal que también produce.
De igual manera, el miedo bloquea o paraliza la corteza prefrontal, la cual es encargada de pensar y razonar eficazmente para buscar soluciones.
El miedo entonces no solo perjudica al cuerpo físico, sino también a la capacidad mental, bloqueando la iniciativa, el juicio y sentido común, así como la intuición y principalmente la confianza en tus propias capacidades.
Es así que, el experimentar y vivir en un estado de preocupación y miedo latente, puede desembocar en un desequilibrio emocional si no es atendido de manera asertiva y precisa.
En este punto tal vez te estés preguntando el porqué o cómo es que llegamos a un estado de preocupación constante, o porqué no solo experimentamos miedo en aquellos momentos en donde nuestra vida está en riesgo. O quizás te estés preguntando qué tiene que ver la depresión o cualquier desequilibrio emocional con el miedo de manera directa.
La mente suele rumiar de manera constante teniendo pensamientos -reales e irreales- de aquello que está pasando, de lo que puede llegar a pasar (futuro) o de lo que pudo haber sido (pasado).
Dicho carrusel de pensamientos activan exactamente los mismos mecanismos de alerta que activa una situación real de amenaza, pues el cerebro no identifica si dichos escenarios mentales son imaginarios o están realmente sucediendo.
Esto conlleva a un estado de preocupación constante induciendo entonces un estado de alerta permanente, teniendo efectos devastadores en el estado emocional, manifestándose a través de ansiedad, ataques de pánico, depresión y básicamente, cualquier emoción que cause desequilibrio emocional.
Cada persona tiene su propio carrusel de pensamientos, el cual está determinado principalmente por las experiencias de vida personales.
El cerebro registra todas las experiencias vividas y acumula o guarda las emociones experimentadas a partir de ellas. La amígdala, que es parte del sistema límbico y en donde tiene cabida el miedo, es el almacén de todos esos recuerdos emocionales, pues son exactamente los mismos sistemas de alerta que preparan al organismo para actuar en caso de emergencia, los que graban el momento estresante en nuestra memoria.
Todas las emociones que surgieron a partir de experiencias, tanto amorosas como traumáticas y/o dolorosas, tales como maltrato, abandono, rechazo, traición, etc., pueden determinar en gran medida nuestros hábitos de pensamiento y de acción el día de hoy.
En especial, las emociones negativas se guardan en nuestro inconsciente como improntas emocionales, las cuales nos hacen reaccionar de diversas formas ante ciertas circunstancias.
Las investigaciones del neurólogo Joseph Le Doux, mencionado por Goleman (1995), demuestran que la amígdala puede tomar el control de nuestras reacciones incluso antes de que el cerebro pensante decida qué hacer en medio de una situación amenazante o peligrosa. De ahí que en algunas ocasiones nos podemos sorprender de nuestras propias reacciones, pues provienen de las emociones guardadas en nuestro cerebro, relacionadas a eventos que en ocasiones ni siquiera recordamos.
Es así que podríamos decir que en nuestro cerebro tenemos dos mentes que pueden llegar a actuar de manera completamente independiente. Por un lado tenemos la mente racional pensante y, por otra, la mente emocional, dirigida por la amígdala principalmente y que en múltiples ocasiones actúa tras bambalinas, siendo la responsable de nuestro actuar en la vida diaria sin que nosotros -en muchas ocasiones- seamos conscientes de ello.
Pongamos un ejemplo: Alma es una chica de buen corazón que ama profundamente a Ramiro; en general, tienen una relación muy linda y amorosa, pero han estado pasando ciertos episodios un tanto desagradables que pueden llevarlos a terminar su relación si no se resuelve oportunamente. A Ramiro le gusta mucho practicar fútbol e ingresó a un equipo en el cual entrena lunes, miércoles y viernes por las tardes. En ocasiones, después del entrenamiento ha salido con sus compañeros a cenar y a pasar un rato con ellos, a lo que Alma ha tenido unas reacciones muy descolocadas. Se ha mostrado muy enojada con Ramiro por ello y han tenido fuertes discusiones por ello. Al reflexionar acerca de estas discusiones, Alma se da cuenta de que reacciona de manera desmedida y no sabe el porqué de ello. Al hacer un análisis de su historial, encontró que cuando era pequeña, vio a su mamá sufrir por muchos años por las infidelidades que su padre cometía y ella guardaba ese miedo muy oculto en su inconsciente. En el fondo, no quería pasar por lo mismo que su madre y por ello, al vivir una situación que su cerebro interpretó como similar a las de su infancia, le activó ciertos mecanismos de defensa que la hicieron reaccionar de esta manera.
En este caso podemos observar cómo las improntas emocionales fungen como filtros de percepción. Esto es, el cerebro recibe constante información a través de nuestros cinco sentidos y ésta es interpretada de acuerdo a las improntas emocionales que cada uno tengamos, por lo que una misma realidad puede ser interpretada completamente diferente por cada uno de los involucrados.
Goleman menciona lo siguiente: “solo es necesario que algunos elementos sueltos de la situación parezcan similares a algún peligro del pasado para que la amígdala ponga en funcionamiento su anuncio de emergencia” (pág. 41).
Si el cerebro interpreta algunas características de la experiencia actual como similares a las vividas anteriormente, las relacionará con las emociones registradas de aquellos tiempos y enviará el mensaje de prevención y alerta, generando una reacción que en la mayoría de las ocasiones, puede llegar a ser desmesurada y descontextualizada, motivada por el miedo a volver a experimentar dolor.
A partir de dichas improntas emocionales, el cerebro formula ideas al respecto, mismas que pueden ser reales o no y que pueden limitar el desarrollo del ser. A estas ideas se les denomina creencias limitantes.
En consulta es común detectar en mis pacientes pensamientos negativos, tales como: “no soy bueno en eso”, “no merezco amor”, “no soy inteligente”, “todos los hombres son mujeriegos” como en el caso de Alma, y que en su mayoría son irreales.
Todas aquellas creencias limitantes que podemos tener registradas en nuestro inconsciente, son las que disparan nuestro miedo a volver a vivir experiencias de dolor, tales como el miedo a estar solo, miedo a quedarte sin dinero, al rechazo, a la muerte, a la traición, al futuro, a lo incierto, a no ser suficiente, a la enfermedad, etc.
Es a partir de esos miedos que se generan los infinitos carruseles de pensamientos, causantes de un estado de preocupación constante.
Es así que el miedo nos agobia, nos consume, nos bloquea y nos sumerge en un círculo vicioso de preocupación, muy difícil de romper, por ende, es el principal responsable de nuestro sufrimiento y nuestra infelicidad.
Como hemos visto hasta aquí, el miedo es una emoción primaria que trae beneficios a nuestra vida cuando es instintivo y natural. Por otro lado, cuando el miedo es autoinducido a través de nuestros múltiples pensamientos, puede ocasionarnos grandes problemas, por lo que a continuación te comparto algunas estrategias que han dado buenos resultados en mis pacientes.
El miedo es parte de nuestra vida, pero nosotros podemos decidir si lo aprovechamos para nuestro bien o dejamos que nos obstaculice y dificulte nuestro andar.
Moni Minor es psicóloga educativa, conferencista, autora de libros y artículos que fomentan el bienestar interior, creadora del círculo de aprendizaje www.shama.com.mx. Si quieres saber más de su experiencia y su propio proceso de transformación, puedes adquirir su libro: “Tiempo de Brillar”.
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